sábado, 7 de septiembre de 2024

Más Allá deL OlVidO...

Nunca íbamos a ser nada, lo supe desde que sus ojos negros se me clavaron en el cuerpo como dos agujas. Aún recuerdo que llevaba el vientre repleto de nervios, pero cuando algo me intimida yo más me lanzo y me lancé. Me lancé al sillón y a la taza de café, a la charla básica de la gente que recién se conoce.

Podría haberme ido en aquel instante si así lo hubiese querido, pero no quería. Me quedé con la mirada tratando de esquivar lo obvio, con la sonrisa propia de los nervios y las hormigas invadiéndome. 

Nunca el trato había sido enamorarse, quererse, tampoco es que se habló pero se sabía. Cualquier expectativa quedaba fuera de esas cuatro paredes, así que sin prólogos extensos las palabras se ausentaron y el deseo interpretó.

Estar cerca, percibirnos, olernos, gustarnos, despojarnos, corresponder al fuego. Fuimos animales guiados por instinto, nos poseíamos, nos rompíamos, nos desgarrábamos la vida a besos y a caricias, a mordidas y gemidos. Nos descubrimos todos los rincones, las sensaciones obsoletas y llenamos los cuerpos de sangre que hervía y corría como lava por las venas abiertas.

Aquello no era alocado, aquello era natural, dos personas penetrándose la intimidad, invadíendola, creando un momento totalmente diferente a cualquier otro. Dos personas desalmadas explorando, queriendo encontrar un alma en las extremidades, en los miembros, en el abdomen o en la mirada. 

Nunca existió vergüenza, él me miraba desprovista de todo y sonreía, recordaba el tiempo que llevaba sin sentirse así de sastifecho. Yo lo observaba, me encendía y aún más seguía complaciendo los deseos de su carne y de mi carne. 

En eso fuimos perfectos, buenos, extraordinarios, pero fuera de la sábanas, fuimos una desolación terrible, cuatro ojos que se miraban con hambre pero que no tenían pan. Entonces supe que hasta para la intimidad se necesitaba tener las cosas claras.

No todo debe de ser amor pero lo buscamos (inconscientemente) en alguna sonrisa, en algún beso luego del orgasmo, en las despedidas y también en las bienvenidas. Después de tantas reiteraciones quería quedarme y él que me quedara, pero nunca supimos el modo, nunca la cantidad ni el límite.

Siempre que salí de su escape y regresé a mi mundo, volví con el cuerpo cansado y lleno pero con la sonrisa rota. De vuelta a la rutina a pelear con los días para volverlo a ver, otra vez a consolarme sola recordando lo que su ser me hacía sentir. Rompí las reglas, me rompí y entonces no regresé jamás.

Tal vez existían mejores hombres, pero yo no pude ser la mejor mujer con ellos, yo no pude desnudarme y ser lo que él tanto necesitaba. Lo intenté, pero nada fue tan duro como él, nadie me inyectó vida y seguridad como él lo hacía. 
Sé que él no va a olvidarme y yo pues tampoco, lo tengo invadiendo mis pensamientos desde la última vez que nos vimos. Lástima que no me invadió la vida entera con todo lo que tenía y ya.

«Eso es todo» me repetía de ida y vuelta todas las veces, también cuando terminábamos juntos y moríamos allí pegados. Nosotros, los que sabíamos tan bien ser uno solo, no podíamos ser algo más.

Extraño su sexo, su perfume, su manera tonta de seducirme, su facilidad para enloquecerme y llevarme a tocar otros mundos. Quiero pensar que aún prepara ese café, que se sienta en el sillón y lo bebe mientras mi recuerdo le atraviesa las ideas y me extraña. 

Nunca íbamos a ser nada, pero para su fortuna y mi desgracia, esa fue la nada más bonita que sentí.

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